domingo, 23 de abril de 2017

La Lectora

La lectora

Lo supe de inmediato. Las señales siempre están, solo hay que saber interpretarlas. Estaba en una librería; ese parece ser un buen punto de partida, pero no es suficiente.
El publico que visita una librería es variopinto. Tenemos gente que compra regalos, despistados buscando el diario, gente haciendo tiempo para entrar al banco
… y tenemos lectores.

Puede que los lentes bifocales fueran la premisa más evidente, pero también la menos interesante. El lector es un personaje en peligro de extinción y hay que saber apreciarlo en su hábitat natural. Sin molestarlo. Disfrutando del acercamiento… sin espantarlo.
La primera aproximación fue visual. Evidentemente.
Desde el mostrador la veía de forma parcial y con mi imaginación completaba los espacios en blanco. Jugaba a dibujarla y desdibujarla en mi cabeza con partes aleatorias mientras ella pasaba las páginas. En tanto no se diera vuelta ella era todas las mujeres de la literatura naciente. Dulcinea del Toboso y su melena negra, Madame Bovary y sus despedidas, Helena de Troya y su belleza apocalíptica, Juana de arco y la hoguera encendida.
La princesa. La luchadora. La pueblerina… la lectora.
La  dama de Schrödinger llevaba el pelo atado con una bic azul y miraba al vacío buscando algo en los recovecos de su mente. Entrecerró los ojos intensificando la exploración mental y se golpeó la frente con la mano cuando la información estuvo disponible para ser interpretada. Sonrió y siguió con su lectura.
Lo supe por sus manos. Por la forma en que tomaba el libro con respeto entre sus dedos. Esa era la palabra. Respeto. Lo tomaba con la mano derecha y lo mantenía abierto entre el pulgar y el anular. Con la otra mano acomodaba su pelo de tanto en tanto y cuando la cinta del morral se desplazaba, la volvía a colocar en lo alto de su hombro. En el fondo de la bolsa se podía distinguir claramente el contorno poligonal de las hojas impresas. Eran dos libros. Uno de mayor tamaño y otro que sobresalía tímido sobre el primero. Era casi evidente pero no quería apresurarme. Aunque las señales eran abrumadoras! Tenía que serlo.

Y sin que lo esperara… lo hizo. Me tomó por sorpresa, pero ya no quedaban dudas. Era una lectora. Ese simple y sutil gesto la hacía parte de la logia más heterogénea y disimulada del planeta. Tímida, casi vergonzosa, se llevó el libro lentamente a la cara y entrecerrando los ojos nuevamente lo aspiró. Llenó sus pulmones de la esencia pura de la tinta, el papel y la imprenta.
Era una lectora sin dudas.

La miré transitar por la librería sin apartar la vista de las páginas escritas. Se desplazaba etérea entre Borges y Cortázar manoseando a Bolaño con una mano. Caminaba con agilidad entre los pasillos sin despegar la mirada del libro. Solamente se detenía para acomodar algún bucle rebelde que se colaba en su campo visual y seguía la marcha literaria.

Me mantenía absorto en la escena que se desarrollaba. Ella leía su libro y yo leía a la lectora. La leía a ella y a su existencia literaria. Poética. Leía sus gestos, sus pasos, sus silencios. Leía las palabras que se escribían en mi cabeza mientras ella avanzaba directamente hacia mi fortaleza de libros, facturas y recibos.
Se detuvo a unos veinte o treinta centímetros del mostrador, levantó la mirada y dijo -Lo llevo-

-Te lo regalo- Sin pensarlo las palabras salieron de mi boca.
Ella me miró a los ojos y sonriendo dijo – en serio?

-Si. Claro que es en serio. Te lo guardo en una bolsa?
-No, tengo mi propia bolsa para transportar valores – dijo señalando el morral.


Le di el libro, me dio un beso y se fue con Bolaño de la mano.

Yo me quedé callado. Amándola a ella y odiándolo a él.
Uno no puede cazar a una lectora. Tiene que apreciarla mientras está y conformarse con las historias inconclusas que deja al marcharse.

No hay comentarios: