DESPERTANDO
Soy un polizón en su cama. Me despierto y no se si despertarla o no. Miro por la ventana y veo que ya es de mañana. La odio porque me obliga a sacarme el reloj de noche. Dice que le molesta el tic-tac del segundero. Ahora uso un reloj digital y dice que a veces de noche le toco la espalda con el cuarzo y le da frío. Creo que disfruta sabiendo que cuando entro en su cama me pierdo en el tiempo.
Miro por la ventana tratando de calcular la hora pero es un día atemporal. La miro a ella y me siento un poco más afortunado que ayer. Ahora está dormida y sigue siendo mi Princesa Cínica. Tenía casi diez años menos que yo. Y a veces me sorprendía con su forma de ver las cosas. Ella dice que soy un niño encerrado en el cuerpo de otro niño. Puede que tenga razón. Puede que no. Ahora la veo ahí…durmiendo desnuda, sin su armadura de hielo. Es hermosa. Quiero despertarla solo para decirle eso, pero me resisto. Cuando respira sonríe y no hay nada que yo pueda hacer para eternizar este momento.
Me escapo de las sábanas-prisión, levanto mi jean del piso y me voy a la cocina. Me gusta sentir el jean sobre la piel. Hace tiempo que dejé de usar interiores. Voy hasta la heladera, saco una caja de jugo de naranja y me sirvo un vaso. Lo lavo y veo en el reloj de la cocina que ya son 11.34am. Es demasiado tarde para desayunar decentemente y muy temprano para almorzar. Odio los relojes. Me quedo mirando al segundero dar una vuelta completa y vuelvo al cuarto. Trato de abrir la puerta sin hacer ruido y cuando entro ella ya está despierta. Sigue siendo tan hermosa como lo era hace diez minutos. El tiempo no nos mata a todos de la misma forma. Me acerco y le doy un beso en la frente y sigo camino al baño. Me lavo los dientes con su cepillo y mientras lo enjuago, veo por el espejo el corazón que dibujé hace tiempo en la pared que está a mis espaldas. Es un corazón rojo hecho con un lápiz labial. Pensé que lo habría limpiado en el correr de la semana pero veo que decidió conservarlo. Es mi aporte al arte contemporaneo. Termino de hacer un autoanálisis de los estragos del tiempo en mi cara y vuelvo a la cama. Ella me mira decidiendo cuales van a ser sus primeras palabras del día. Me siento en la cama y levanto las cejas. Ella susurra – No quiero que te vayas- y me mira a los ojos. Cuando hace esas cosas no sé que hacer. La abrazo y siento su pecho desnudo contra mi pecho. Y me quedo sin palabras una vez más. Ella tiene el don de dejarme sin palabras y creo que por eso hablamos tan poco. No es que sea un momento incómodo, es solo que no sé que decir. Me alejo un poco y ella entiende el mensaje. Me suelta, se seca las lágrimas y se pone su armadura de frialdad. Ya es una mujer seria de nuevo. Se levanta y se viste. Me levanto con ella y me pongo una camisa que quedó entre las sábanas. Le pido mi reloj y señala el cajón. Lo abro y veo que todavía tiene la llave que le di la primera vez que nos vimos. De eso hace casi tres años. Fue antes de que me fuera a España. Era verano. Nos conocimos en la rambla de Montevideo. Ella estaba con su hermana y yo con unos amigos. Nos pusimos a hablar y a caminar hasta que salió el sol y nos sentamos. La abracé. Tenía la necesidad de abrazarla. Ella se acercó un poco y me dio el beso más puro que me dieron en la vida. Fue ahí cuando la declaré: Princesa Cínica. No era pesimismo, no era frustración… era un realismo tan extraño que yo lo llamé “cinismo”. Era hermosa. Y simple. Y blanca. Y me hubiera gustado que ese fuera mi primer beso. Quería que se quedara con una parte de mi. Le di la llave de mi corazón… que casualmente coincidía con la llave del balcón de mi cuarto. Y nos despedimos. Tres años después yo estaba en su cama y ella todavía tenía esa llave. Me emocionó un poco. Cuando levanté la mirada ella ya no estaba. Fui a la cocina. Me miró cuando salí del cuarto y me sentí mal. Yo la quería. A mi modo la amaba. Pero ella no se iba a conformar con mi amor de jueves. Los dos sabíamos que nuestra relación no tenía futuro, pero no hablábamos de ello. Simplemente esperábamos a que pasara algo que determinara el fin. El tiempo es el verdugo universal.
Desayunamos juntos y hablamos un poco sobre sus clases de contabilidad y el nuevo programa educativo. Su falta de emoción me encanta.
PORNOGRAFIA URBANA
Ella decía que no existía un hombre que no tuviera una colección de pornografía. Yo no tenía computadora, por lo tanto mi “colección pornográfica” se remitía a los catálogos de lencería femenina que por error llegaban a casa (y que nunca tuve el coraje de rechazar). Cuando la conocí ella todavía era fotógrafa por lo tanto existía una diferencia sustancial entre sus fotografías y las mías. Mientas que las mías eran pornografía, las de ella eran arte. Siempre teníamos discusiones al respecto y nunca sacamos nada en claro. Yo seguía con mis catálogos y ella con su cámara de fotos y sus revelados blanco y negro.
Era martes y a las tres de la tarde ya había terminado todo el trabajo que tenía para el día. Decidí pasar a visitarla. Llegué a la puerta de su edificio, saludé al portero y a una pareja que esperaba el ascensor y subí los cuatro pisos por la escalera. No es que tenga miedo de los ascensores, pero odio los silencios incómodos y cuatro pisos se traducen en 36 largos segundos de silencio incómodo. Llegué a la puerta del 414 agotado. Esperé a que se calmara mi ritmo cardíaco y después toqué al timbre. Dos veces. Tres veces. Había sido una mala idea no llamar antes. Además, todos odiamos las sorpresas. Busqué la llave en el lugar secreto: el buzón. Y ahí estaban la llave y una “cartita” que ponía con tinta roja: No estoy. Lavá los platos. Todos odiamos las sorpresas. No? Te quiero. La doblé y la guardé en la billetera. Habían quedado los platos de la cena de hace dos días. Dos días sin lavar los platos! ese es un lujo que solo se pueden permitir los artistas. Lavé los platos, tendí la cama y me acosté a dormir un poco. Soñé con ella... En mis sueños ella siempre aparecía con medias de diferente color. Nunca se lo dije. Me desperté y me quedé un rato más en la cama. Me gustaba mirar el techo y saber que ella miraba ese mismo techo cada mañana y veía cosas totalmente diferentes. Ella había nacido para ser fotógrafa. Era su forma de entregarle sus ojos al mundo para que vieran el mundo que ella veía. Pocas personas merecían ver tanta belleza. Yo no me sentía merecedor, pero estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado y pude entrar en ese mundo (casi por error). Me levanté de la cama, estiré la frazada y me fui al baño. Me lavé los dientes con su cepillo y vi que había borrado el corazón que había hecho en la pared. No existen amores eternos. También pude ver que en un vaso había un cepillo de dientes verde, que evidentemente no era de ella. Lo saqué del vaso, lavé el vaso y tiré el cepillo por la ventana que daba a la calle. Dejé el vaso y el cepillo violeta. Saqué la “cartita” de mi billetera y la tiré a la papelera. Volví a su cuarto y busqué una hoja para escribirle una nota. No había papel en ningún lado. Fui hasta la mesa de luz y abrí el primer cajón. Nada. Abrí el segundo cajón. Nada. Abrí el tercer cajón y encontré una carpeta gris con una etiqueta que decía Pornografía Urbana. Evidentemente la abrí, ignorando todos los acuerdos existentes de privacidad entre nosotros. Tenía fotos de edificios. Eran fotos en blanco y negro. Restos de edificios que se habían derrumbado o que se iban a reconstruir. Se podían ver detalles de las paredes, de las divisiones de cada habitación. Se veían los restos de las incrustaciones de escaleras. Había zonas más oscuras donde posiblemente hubo cuadros o espejos. Estaban los edificios al desnudo. Sin pudor. Sin censura. Era algo hermoso.
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1 comentario:
me emocionó leer algo tan lindo Santi!!! gracias, hacía tiempo que no devoraba un cuento y al mismo tiempo lo disfrutaba despacito.
Gracias, ya tengo tu blog entre mis favoritos.
beso enorme
Vero
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